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Luces, cámara, ¿Acción? G.I. Joe: El contraataque

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Realizar una escena de acción, a diferencia de lo que muchos creen, es algo tremendamente complicado. Son demasiados los elementos que se tienen que tomar en cuenta para darle vida a una buena toma.

No sólo es el ritmo y la velocidad, también es muy importante la credibilidad que le dan los actores, el encuadre, el giro y la posición de la cámara. La creatividad, la imaginación y el tratamiento que el director haya impreso en cada plano es la esencia de la misma, sin olvidar por supuesto el formato, los valores de producción, efectos especiales y el montaje. Todo un ecosistema de factores son los que influyen para que podamos disfrutar de una gran secuencia de acción y sin embargo, hay algo que sobre sale de todo lo que mencionamos anteriormente y sin el cual no vale la pena filmar una. Me refiero al motivo, pues sin éste, las escenas de acción se convierten en escuálidas tablas gimnásticas con monigotes disfrazados saltando enfrente de una pantalla verde.

La naturaleza de este tipo de películas es tan particular, que ni siquiera cineastas de la talla de Cristopher Nolan o Sam Mendes pueden presumir de ser expertos en el campo. En cambio, mediocres como Michael Bay,  Justin Lin y Stephen Sommers logran impresionantes combinaciones de explosiones, disparos, espadas, patadas y chicas sexys. Parece gracioso, más como una maldición, pues salvo Steven Spielberg y James Cameron, casi ningún director logra darle los suficientes motivos a sus escenas de acción, sean malas o buenas.

Esta reflexión viene a colación pues es justo lo que padece la nueva entrega de  la serie de películas que nació de los juguetes del equipo militar y sus archienemigos sectarios del Comandante Cobra.  G.I. Joe Retaliation cuenta con algunas desoladas secuencias de acción decentes, no obstante, éstas carecen de motivación, de cohesión,  de propósito.

Al parecer, los productores de la saga decidieron echar todo lo que habían conseguido (por poco que fuera) al caño y sin resentimientos, pues el segundo capítulo es indecente, blasfemo y ni siquiera es estúpidamente entretenido como lo fue su antecesor. Nos expulsan del divertido ambiente “Joe” en el que nos habían introducido en la primera cinta para aprisionarnos en un universo en el que lo totalmente absurdo tiene cabida. Y no sólo hablo de los microchips, las pequeñas bombas-insecto, las metralletas gigantes y los aviones con rayos plasma, me refiero a cuestiones absolutamente fuera de lugar.

Para empezar, recordemos que ningún actor protagonista de la prima parte tuvo cabida en la segunda. Ni siquiera el héroe principal, el capitán Duke, interpretado por el ya consolidado Channing Tatum tiene más de 5 minutos en la pantalla. Tampoco aparecen los rostros de  Sienna Miller, Arnold Vosloo en su papel de Zartan y hasta osaron prescindir de Gordon-Levitt como Cobra,   lo que sin duda,  le resta demasiada continuidad a la historia. Después, tengamos presente que el estreno se retrasó un año por cuestiones “creativas” (encajar a la fuerza tomas entre Tatum y The Rock para darle sentido a su relación amistosa), quitándole entonces credibilidad. Y finalmente pero no menos transcendente, consideremos situaciones tan ridículas que harían sonrojar al mismo Bruce Willis en Duro de Matar 5( < — malísima).

Este tipo de filmes, si es que se le puede llamar así a un producto de tan poco valor, no deberían tener público. Las secuelas hechas al vapor lo único que buscan es robarnos. Quitarnos los pocos centavos que ganamos a la semana y los escasos minutos de tiempo libre del día para engordar los ya pesados bolsillos de sus inescrupulosos creadores. Les exhorto vehemente a que desistan de ver “G.I el contraataque” pues no es justo que paguemos por ver una producción improvisada en la que se nota el uso de dobles, en la que el general Joe puede esconder un tanque militar en el garage de su casa como si fuera una Van de 8 personas, en la que cambian a los personajes y sus intérpretes, a la que le falta imaginación, a la que le sobran minutos y escenas forzadas, en la que ni siquiera disfrutamos de 20 disparos de la pistola de Bruce Willis, en el que hay fallos de continuidad tan notorios como la falta de cojones del también director de Justin Bibier: Never say Never o en la que ni siquiera la chica sexy, las espadas o las módicas escenas de acción bien hechas pueden lograr que valga la pena.

1.5 Lentes °*

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